Reseña crítica a propósito de

Iván y los perros



06.01.2017 | Horacio Otheguy Riveira-(Culturamas (culturamas.es))

Un hombre solo en escena, pero en absoluto un mero monólogo. La cuidada producción tiene en cuenta la minuciosa calidad del texto dentro de un despliegue de voluntad escénica de teatro total que permite imaginar con claridad situaciones que sólo se describen, gracias a la dinámica tanto del actor como de la iluminación, la extraña escenografía, y sobre todo la esencial aportación de Luis Miguel Cobo en los múltiples detalles del espacio sonoro, creador a su vez de una música que cautiva, banda sonora con impulso cinematográfico que toca fibras muy sensibles que la representación rehúye con acierto. para no caer en el desgarramiento y seguir contando una historia con voluntad política.


Un actor sensacional en la piel de un niño que desafía la crueldad de un sistema.

 

"Madres y padres eran incapaces de alimentar a sus hijos…

O a sus mascotas.

Madres y padres intentaban cualquier cosa para conseguir dinero con el que comprar comida, pero todo era inútil porque el dinero se había ido.

Por eso, madres y padres buscaban a su alrededor cosas de las que pudieran desprenderse…

Cosas que comieran, que bebieran… cosas que necesitaran calor.

Y revolvieron las casas de arriba abajo en busca de esas cosas.

Primero fueron los perros.

Los metían en sus coches, los transportaban hasta el otro lado de la ciudad y allí los abandonaban.

Aún así, seguía sin haber dinero.

Y las madres y los padres siguieron buscando… Buscando cosas que se comieran, que se bebieran… cosas que necesitaran calor.

Y se llevaron a los niños a la otra punta de la ciudad y allí los abandonaron.

Yo tenía entonces cuatro años.

Cuatro.

Así que no puedo recordar todo lo que sucedió porque era muy pequeño, pero voy a contaros todo lo que pueda.

Y os lo voy a contar como si fuera ahora. 

 

Y esto es ahora."

 

De este modo comienza la función. Si las primeras palabras identifican el brutal panorama en que se desarrollará la historia, cuando ésta se despereza a través del acrobático, sensible, fantástico cuerpo del actor, se nos invita a un espectáculo tan completo que se permite la dimensión de una poética mayor para ser denuncia social, y a la vez teatro psicológico de exquisita factura, sin perder un ápice de su impulso original basado en hechos reales. 

 

La realidad de un niño moscovita de 4 años y su periplo por la miseria y la violencia durante dos años, hasta que lo integran al nuevo modus vivendi de un país que deja de ser ejemplo de la mayor revolución del siglo XX para pasar al lado más oscuro del neocapitalismo. A machamartillo. En el ínterin, lo que más interesa es este Iván, creación de una escritora inglesa, que con producción española de altísimo nivel se nos presenta a través de la recreación de un Nacho Sánchez que deja el alma y algunos kilos que pierde función a función, y al final se recupera con una tímida sonrisa de niño sorprendido en faena, que ha sido travieso y locuaz como él solo, capaz de fascinar con cuatro gestos, divertir con el humor de los supervivientes más fortalecidos, y conmover con freno de mano ante lágrimas que podrían deteriorar la impresionante aventura de encontrar salvajismo en otros niños de la calle y humanidad en perros callejeros que le acogen como uno más de la manada. 

 

Un niño ruso que fue portada en el mundo entero en los 90 de la caída de la URSS con un primer ministro, Borís Yeltsin, en estado de borrachera permanente. Hoy Iván y los perros es un espejo en el que se reflejan los niños abandonados de numerosos países, tanto en situaciones de conflicto armado como en tiempos de relativa paz.

 

Un hombre solo en escena, pero en absoluto un mero monólogo. La cuidada producción tiene en cuenta la minuciosa calidad del texto dentro de un despliegue de voluntad escénica de teatro total que permite imaginar con claridad situaciones que sólo se describen, gracias a la dinámica tanto del actor como de la iluminación, la extraña escenografía, y sobre todo la esencial aportación de Luis Miguel Cobo en los múltiples detalles del espacio sonoro, creador a su vez de una música que cautiva, banda sonora con impulso cinematográfico que toca fibras muy sensibles que la representación rehúye con acierto. para no caer en el desgarramiento y seguir contando una historia con voluntad política:

 

El auténtico Iván Mishukov a la edad en que transcurre la obra.

La historia de Iván transcurre durante los primeros años de la década de los 90. En la nueva Rusia en que de las migajas de los burócratas los mafiosos construyeron sus imperios comprando a precio de saldo las otrora industrias públicas, patrimonio y orgullo del pueblo soviético. Mientras unos aprovechaban la coyuntura para enriquecerse desmesuradamente y vivir en el exceso, la masa de la población vivía en un sálvese quien pueda. Fueron años de expolio y fractura social.

La miseria engendra miseria y las crisis, más que oportunidades, son caldo de cultivo para la deshumanización. Iván nos hace presente, desde el presente absoluto del teatro, su particular proceso perruno, un aprendizaje de lo “salvaje” como algo básico y lleno de pureza. Iván ve en lo profundo de los ojos de cada perro algo tan grande que sólo puede nombrar a través de la metáfora: como si en los ojos de cada perro estuvieran todos los perros del mundo, conformando una camada global unida en salvaje hermanamiento. (Víctor Sánchez Rodríguez, director).

 

Nacho Sánchez es un actor que adquirió justa fama por su trabajo en La piedra oscura, de Alberto Conejero. Allí, mientras yacía malherido el último amante de García Lorca (interpretado magistralmente por Daniel Grao), Sánchez, tan joven, tan vulnerable, ya se erigía en un gran actor no más empezar la representación con un monólogo de extrema dificultad: un niño perdiendo a su familia bajo el fuego amigo de los fascistas italianos. Después acompañó a la gran Isabel Ordaz en otro “dueto”, He nacido para verte sonreír, un melodrama agobiante de madre ante hijo discapacitado, desesperada por verse obligada a ingresarlo en un psiquiátrico. Nacho Sánchez niño y adulto a la fuerza, que mientras ella habla sin parar, él sólo se expresa con el cuerpo y algunos sonidos. Y ahora este Iván íntimo y colosal. Proezas de un intérprete con una formación superior, comienzo de un largo festival de felices sorpresas.

 



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