Reseña crítica a propósito de

Iván y los perros



29.09.2017 | Álvaro Vicente-(Time Out Madrid)

El público habita, junto a Iván, todo un paisaje evocado con tres detalles escénicos y un espacio sonoro portentoso. Lo acompañamos desde nuestra imaginación, sufrimos con él, y nos emocionamos ante cada conquista. Hasta ese momento extático en el que Iván descubre que tiene alma de perro. No hay nada en el mundo más bonito que encontrar la noble pureza de un ser vivo.


La primera es una de esas frases que caen como una losa de granito en el presente, frente a nuestros pies: “Todo el dinero se esfumó y no había nada con lo que comprar comida”. Lo básico. Esta es una obra sobre el presente y sobre lo básico. Sobre vivir, comer, querer y ser querido. Una obra que se apoya en una historia real, la de un chaval, Iván Mishukov, que con solo 4 años (¡4 años!), se echó a la calle huyendo de la penuria de su hogar, donde escaseaban la comida, el amor y la humanidad. No estamos en el siglo XVIII, no estamos en otros continentes. Esto es Moscú, Europa, años 90. La gloriosa Europa que echó abajo el Muro de Berlín.

Estamos ante un monólogo que dialoga desde su ahora con nuestro tiempo, que nos enseña lo que no vemos desde nuestra comodidad de clase media. Un monólogo que duele como duele ver a un niño que encuentra en los perros lo que el ser humano le escamotea. Desde la simpleza de la inocencia, los retratos son más descorazonadores. Los hombres gordos que comen junto a mujeres rubias, los guardias que hablan a golpes, las voces lejanas de los padres que se desangran mutuamente, los niños que esnifan pegamento, los borrachos que asan patatas en una hoguera y los indigentes muertos de frío cuyos cadáveres afloran con el deshielo de primavera.

Y sin embargo, Iván consigue extraer de ese cuadro desolador la ternura, la belleza y el amor. Gracias a sus perros. Lo hace Iván y lo muestra Nacho Sánchez, un actor llamado a conseguir todo lo que se proponga en este oficio de la interpretación y la representación. Si ya nos dejó absolutamente absortos en sus trabajos anteriores (‘La piedra oscura’, ‘Los temporales’ y ‘He nacido para verte sonreír’), aquí aborda –y borda- un ejercicio teatral lleno de complejidad donde utiliza todas las herramientas posibles para lograr una comunión brutal entre escenario y espectadores. No es que cuente bien la historia, es que la dibuja con su voz, con su gesto, con su sudor, con su sangre, con un cuerpo entero al servicio del relato y una inteligencia actoral arrolladora.

Todo eso no sucede solo porque Nacho Sánchez sea un gran actor ya, que lo es, sino porque además hay un espacio bien delimitado simbólicamente y trabajado al detalle por Víctor Sánchez, el director, buscando una partitura de movimientos totalmente acorde con la peripecia de un niño perdido en la jungla urbana y nocturna de los desahuciados por la vida. El público habita, junto a Iván, todo un paisaje evocado con tres detalles escénicos y un espacio sonoro portentoso. Lo acompañamos desde nuestra imaginación, sufrimos con él, y nos emocionamos ante cada conquista. Hasta ese momento extático en el que Iván descubre que tiene alma de perro. No hay nada en el mundo más bonito que encontrar la noble pureza de un ser vivo.



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